23/02/2017
 DE MEMORIA ISABELO HERREROS 
DE MEMORIA

El fiasco del sorpasso

13/07/2016
Este artículo fue escrito, en lo fundamental, el día 27 de junio último, una vez que el escrutinio de las mesas electorales dio como resultado el actual Parlamento y su previsible composición. Tenía entonces una opinión formada acerca del fracaso de las expectativas de Podemos y su coalición con Izquierda Unida. He esperado a leer opiniones y análisis más documentados que mi modesta percepción de las cosas; pero los hechos son tozudos, y, se ha cumplido un viejo adagio que escuché hace ya unos cuantos años a un reputado consultor político, y es que dos y dos no son cuatro, si lo que sumamos son organizaciones políticas, y, añadía, que puede incluso dar como resultado tres o dos.  
 
Lo previsible en la “vieja política” es que alguien asuma la responsabilidad, o la autocritica, cuando se produce un fiasco como el cosechado por la coalición Unimos Podemos. En la “nueva política” no ocurre eso sino que se hace una encuesta y después se interpretan los resultados de acuerdo a los intereses de los que han encargado el trabajo y que, en este caso, además, han elaborado sin despeinarse las preguntas. Dado que nos encontramos ante un partido político con una desmesurada presencia de politólogos y sociólogos en su alta dirección, no nos queda otra que pensar que estamos ante la invención del tartufismo político del siglo XXI, alumbrado en el seno de un recreado mandarinato. Pero para llegar aquí tenemos unos prolegómenos que no me voy a saltar, y, dicho en el habla de nuestra tierra, nos metemos para ello en harina.
 
La utilización de la palabra sorpasso en la jerga política tuvo su origen en Italia, en los tiempos en que el Partido Comunista de Enrico Berlinguer, a mediados de los años setenta del pasado siglo, pugnaba por adelantar en las urnas a la Democracia Cristiana. “Il sorpasso” no se produjo, si bien es cierto que fue por muy poco. La prematura muerte del líder comunista italiano en 1984, tras sufrir un infarto cerebral durante un mitin, acabó con aquella esperanza y lo que vino después fue una sucesión de despropósitos políticos hasta llegar a la desaparición del PCI a través de sucesivas refundaciones y renuncias de todo tipo. El PCI era el partido de Peppone, aquel alcalde comunista de las novelas de Guareschi, enfrentado al cura del pueblo, don Camilo, y que muchos lectores recordaran también por las  divertidas versiones cinematográficas. Lo que reflejaban estas novelas y películas, no solo eran las virulentas relaciones entre el alcalde y el cura católico, en clave de humor, sino las luchas enconadas por el poder de comunistas y democristianos en la Italia de los años cincuenta. En otra dimensión, también cinematográfica, hay que apuntar que al PCI estaban afiliados relevantes cineastas, como por ejemplo Pasolini. Hubo también una película de Dino Risi titulada “Il sorpasso”, protagonizada por Vittorio Gassman y Jean-Louis Trintignant, pero en España fue traducida como “La escapada”. Dicho lo anterior, añadimos que la RAE ha aceptado la utilización de la palabra, con la acepción a la que hemos hecho referencia, y, además, se ha inclinado por castellanizar, es decir, que es correcto sorpaso, con una sola ese.
 
En España, como vamos con un poco de retraso en lo referente a teoría política, pues no fue hasta mediados de la década de los noventa cuando hizo su aparición el término sorpasso con la ya vieja acepción italiana. Se le ha atribuido la paternidad a Julio Anguita, pero para ser más precisos diremos que la ocurrencia fue de su ideólogo de cabecera, Manuel Monereo -ahora premiado con escaño de diputado por Córdoba tras su paso a Podemos-, y  reacuñó la palabra, para poner nombre a la aspiración de Izquierda Unida de adelantar al PSOE. Lo cierto es que la coalición de izquierdas, por si sola, llegó a obtener más de dos millones y medio de votos, pero gracias a la ley electoral apenas se tradujeron en una veintena de escaños. Tampoco hubo sorpasso, a pesar de que el PSOE se encontraba acorralado por los casos de corrupción, y que ministros y secretarios de Estado se encontraban acusados de organizar una banda criminal, los GAL. El electorado, esa masa informe a la que se ensalza o denuesta según nos conviene, no entendió algunos vaivenes de IU, o más bien de Anguita, como la conocida pinza con el PP de Aznar, solo que aquí el ideólogo no fue Monereo sino Pedro J. Ramírez. Poco a poco los votantes fueron retirando la confianza dada a IU, entre otras razones por cansancio de las regañinas de su líder, que además estaba al frente de una organización que no practicaba nada de lo comprometido, -programa-programa- allá donde gobernaba, y a la Córdoba de Rosa Aguilar podemos referirnos, por ejemplo, con los servicios públicos privatizados, y con un desmesurado apoyo económico a la Iglesia católica, privilegios y vista gorda para las inmatriculaciones y otras tropelías. En otros ayuntamientos de IU las políticas no eran muy distintas, además de  excesivas contrataciones de personal de confianza y clientelismo. Todo eso estaba ahí, sin tanto ruido como las tarjetas de Caja Madrid, pero con muchos casos conocidos por la ciudadanía. Además, el incumplimiento de lo acordado por las asambleas y consejos políticos de IU es algo reconocido de manera pública por Anguita, por lo que, como se dice en derecho procesal: “a confesión de parte relevo de prueba”.   
 
Ahorro a los lectores el resto de la historia, la caída en picado y el declive de IU en la década pasada, a pesar de tener al frente a un buen parlamentario, como lo fue y es Gaspar Llamazares; así hasta llegar a la discreta pero buena gestión de nuestro paisano Cayo Lara, que se encontró una IU al borde la desaparición, con mil y una divisiones internas y con unas cuantas deudas bancarias. A pesar de no ser un líder con carisma llevó a IU a una situación de visibilidad política, con un grupo parlamentario muy activo, recuperación de militancia, presencia territorial y una organización renovada, presente en todas las luchas sociales, que se ha ganado a pulso la confianza de y la credibilidad en amplios sectores de la ciudadanía. La consolidación de un suelo electoral en torno al millón de electores es algo que se le debe al antiguo alcalde de Argamasilla de Alba, hoy en las listas del paro.  
 
La aparición de Podemos puso patas arriba todo y dio al traste con las previsiones de subida electoral de IU, y, de nuevo la irrelevancia, solo dos diputados, a pesar del brillante candidato. Y así llegamos al controvertido acuerdo para las elecciones del pasado 26 de junio con la desigual coalición de Unidos Podemos.
 
Entre medias el disparate del fracaso de la formación de un gobierno de cambio, tras las elecciones del 20 de diciembre, y que es donde los analistas deberían de buscar las claves de los resultados de la coalición de Podemos con IU. Para el ciudadano de la calle quedó en evidencia que lo que querían Pablo Iglesias y su dócil equipo de dirección, no era constituirse en un grupo parlamentario, de apoyo a un gobierno o de cabeza de la oposición de izquierda, sino que lo que querían era el poder, todo el poder, pero, como decía con gracejo un relevante catedrático de Derecho Administrativo, allá por los años sesenta, “incluso la revolución tiene sus trámites”, y, la realidad de las instituciones les despertó del sueño.
 
Estoy convencido de que la pérdida de votos, por parte de Pablo Iglesias y su partido, se inició al día siguiente de los comicios del pasado 20 de diciembre, y que tuvo algunos hitos que contribuyeron a ello; se pueden enumerar los más sonados, sin desdeñar otros menores, hasta llegar a los efectos de la pretendida suma del millón de votos de Izquierda Unida. Entre paréntesis diremos que, en el computo de votos,  a IU no se le sumaron en esta ocasión los obtenidos por sus referencias territoriales de Cataluña y Galicia que, como es conocido, fueron añadidos a Podemos, presente también en las coaliciones catalana y gallega.
 
La pretendida nueva forma de hacer política de Pablo Iglesias resultó, cuando menos, incomprendida, por no decir oportunista y tramposa, como lo fue la “presentación” al rey de un gobierno de coalición PSOE-Podemos, antes de comunicárselo a la parte interesada, con las carteras repartidas, y, además con la coletilla de “no nos fiamos del PSOE”. ¿Esperaba el líder morado el asentimiento y aplauso de los socialistas? ¿Alguien en su sano juicio puede, ni siquiera como hipótesis de escasas posibilidades, hacer una propuesta tan descabellada?  Pero antes del delirante episodio de la Zarzuela acaeció otro “hecho de armas”, y que seguro que no ha sido contemplado siquiera como error por los diputados del cambio. Me refiero ahora al desembarco de Podemos en los escaños del histórico hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo. Los medios de comunicación pusieron entonces el foco en la exhibición de un bebé en la jornada constituyente de la Cámara baja, por parte de la diputada y relevante dirigente de Podemos Carolina Bescansa. Si la pretensión era, como se dijo, hacer un reclamo feminista de las políticas de conciliación de la maternidad no se consiguió, pues no era el momento ni el lugar. Más bien hubo rechazo, por la evidencia de que se trataba de una pose artificial, realizada por una señora de desahogada posición económica, con medios para pagar niñeras y servicio doméstico. Mientras, los compañeros de la señora Bescansa protestaban por la adjudicación de los asientos, otro error, y se movían sin respeto ni recato alguno por la sede de la democracia, la mayoría con su mochila y haciendo patente que no utilizaban el guardarropa, como si estuvieran en una asamblea de facultad o de los indignados de su barrio. Puede que lo que quisieran transmitir es que estaban allí de paso, en un alto en el camino hacia el poder,  provisionalmente, pues aquello iba a durar muy poco, como así fue.
 
Si utilizamos un símil teatral, se puede decir que a Pablo Iglesias le había correspondido el papel de segundo galán, que no es poco para alguien recién llegado. Debió de aceptar el reparto que hizo el electorado, en su caso un papel muy digno, con mucho texto, el de líder de la oposición de izquierda, con un gobierno PSOE-Ciudadanos, y con la posibilidad de hacer prosperar leyes progresistas, todas las necesarias, de justicia social y libertades. El resultado electoral le situaba en una posición privilegiada para ser necesario en muchos casos; la repetición le ha colocado en la irrelevancia.
 
Ahora vamos con lo de la suma o coalición, y algunas de las razones del retraimiento o cambio de voto de una parte del electorado de Izquierda Unida. Seguramente no hay una sola razón para esa abstención o cambio de voto; por ejemplo, los perfiles de los militantes de la coalición que ahora dirige Alberto Garzón distan mucho de parecerse a los de Podemos, y no digamos la percepción que uno y otro partido tienen de la política internacional, en asuntos como las guerras de Siria, Irak y Libia o el papel de la OTAN. Si nos adentramos en las diferencias en política económica, social, o, sin ir más lejos, el modelo de Estado, veremos que hay muy poco en común; los morados están instalados en algo muy viejo en la política española, y que es la accidentalidad ante las formas de gobierno, mientras que IU mantiene su propuesta federal y republicana; otro tanto podemos decir de las diferencias en modelo educativo, pues es conocido que IU defiende una escuela pública, laica y gratuita mientras de Podemos aboga por mantener los colegios concertados de la Iglesia Católica, y así podríamos seguir anotando las posiciones de uno y las indefiniciones de otro. No obstante se hizo la coalición, en reuniones muy cupulares, al viejo estilo, con acuerdos entre los líderes, sin participación ni conocimiento de las direcciones políticas. Eso sí, se impuso la arrogancia y prepotencia de quien se consideraba poderoso, es decir, Pablo Iglesias. También, como en la vieja política, las cuestiones programáticas fueron relegadas a segundo o tercer término, primando el reparto de escaños, que, como se ha visto, fue desastroso para IU.

El joven Garzón se dejó llevar por el espejismo del Sorpasso, y, asesorado por un  reducido grupo, muy bisoño, de presuntos y presuntas expertas en redes sociales, -que desconocen la organización-, creyó que su partido secundaba a pies juntillas la desigual coalición. Se equivocaron, pues no se puede pretender que un electorado crítico, curtido en todas las luchas sociales y políticas de los últimos treinta años, apoye sin más “un acuerdo de mínimos”, ramplón, de vaguedades, y además vote unas candidaturas en las que no aparecían en lugares de salida afiliados de IU, salvo la media docena que, casi de rebote, ha obtenido escaño. Tampoco quedó claro el papel de los electos de IU a partir de ahora, y que, de seguir con política “integradora” de Garzón, pueden acabar desdibujados, con el triste papel de comparsas de Podemos. A pesar de todo creo que la mayoría de los afiliados y simpatizantes de IU votaron las candidaturas de la coalición, pero sin entusiasmo, tal y como expresó el propio Cayo Lara, que manifestaba el sentir de unos cuantos miles de ciudadanos a los que se pretendía sumar o agregar a algo con lo que no comulgaban. Se cumplió el adagio: en política dos y dos no son cuatro.         
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